No estás distraído. Estás deprimido… Facundo Cabral at cubanito,s cuentacuentos site…

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-Ama sin medida y serás amado sin medida-

(facundo cabral)

Hace días que ni pista doy por acá. Me disculpo con mis seguidores. Tengo demasiado trabajo que atender y a veces me harían falta días de cuarenta y ocho horas o +

No obstante y siempre acordándome de todos ustedes, aquí les dejo un buen rato con el maravilloso Facundo. Grande entre los grandes.

Espero sea de tu agrado. Helo aquí:

Gracias, como siempre, por tu permanente support 🙂

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Julio D Castro El Cubanito CuentaCuentos,s Weblogs & Blogs Net Work Group

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Mediterráneo – Mi Página en WordPress

Ésta fue la primera palabra que me vino a la mente aquel maravilloso día en el que decidí abrir este blog. Lo hice por puro entreno. Tenía otro, que hoy ya no existe, donde solía publicar a diario. Fue una época muy bonita. Registraba del orden de las 20mil visitas diarias. Pero fue mucho trabajo para sólo dos que lo administrábamos. Los demás y que fueron bastantes, sólo colaboraban con sus escritos.

Y pasaron los años. Años oscuros. Años llenos de tristeza. Llenos de amargura. No era capaz de escribir. Sencillamente no encajaba una palabra con la otra. Pensé que no lo superaría.

Y al cabo de casi ocho años, y entonces vino a mi mente aquel blog que tenía casi olvidado. Lo visité. Vi que andaba algo o muy escacharrado. Sigue estando así. No tengo tiempo para actualizarlo. Ahora estoy solo. Sin embargo, en la actualidad me siento bien. Tan bien como para acometer el trabajo de un equipo completo. Aunque también en esta ocasión me he preocupado antes de lanzarme en conectar con la gente apropiada. Y vaya que si lo he hecho. Tengo mucha ayuda. Más, quizá, de la que me merezco. No sé…

Y pienso: es por eso que hoy por hoy ha resurgido el que antes fuera y ahora seguirá siendo. El que soy, el que fui, el que seré y el que invento: Julio D Castro, El Cubanito Cuentacuentos

Gracias a vosotros todos, mis apreciados y distinguidos seguidores, este sueño casi apagado ha vuelto a resurgir.

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Gracias a todos por vuestro permanente soporte y que el Universo os colme de bendiciones.

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Soledad…

soledad
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Soledad

Un ser solitario

Erase una vez un hombre delgado. Estatura corriente. Mediana complexión. Individuo muy normal. De lo más común.

Sólo delataba su anciana edad la forma encorvada y lenta que tenía de caminar. Pasos cortos. Siempre apoyado en su bastón con empuñadora de plata labrada artesanalmente.

Sin embargo, llamaba la atención el hecho de ir a todas horas envuelto por una gruesa capa de color oscuro.

Este dato no lo recordaban muy bien aquellos ancianos del lugar que me relataron esta leyenda. Aunque sí se acordaban y con toda certeza de su extravagante forma de actuar de hacía tiempo. Años.

Un día tras otro se le veía deambulando entre las nieblas envolventes de aquellas esotéricas noches de la España húmeda y profunda. Tremendamente oscuras.

Encuadrado mi cuento en una diminuta aldea de Valladolid, atravesada por el silencioso curso del ribereño Duero.

Villorrio casi olvidado por todos y situado en alguna remota parte de aquellos mágicos parajes.

El viejo fumaba sin parar a la vez que pensaba sin detener su reflexión un solo instante, mientras paseaba sin prisas. Sin prestar atención alguna a todo aquello que sucediese a su alrededor. Ni tan siquiera a tan molesta humedad de la densa niebla transformada en gotitas heladas de agua, al rozarle la única parte visible de su rostro mientras avanzaba.

No renunciaba a pensar. Lo hacía en todo momento. Siempre cavilando.

cavilando
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Se cuenta que fue entre un razonamiento y otro… entre medias de un cigarrillo y otro… y otro… y algunos más, cuando tomó la decisión que en su mente, quizá, estaba resuelta de antemano.

Así pues optó por pasar a la acción. Romper de una vez y por todas con aquella cansina compañera que no se apartó de su lado un solo instante desde tiempos que no era capaz, ya, de recordar. Habían pasado incontables años. Demasiados, Su cómplice y compañera: Soledad.

Paradojas de la vida. Siguió especulando sin desprenderse un solo instante del cigarrillo. Siempre entre los dedos índice y corazón de la mano derecha. Artrítica. Deforme. Y a la vez, la insólita parte de su cuerpo entero ajeno a su palidez sepulcral. Oscurecida y amarillenta por el veneno letal de la nicotina.

Sólo le contó en una ocasión a su amigo de la infancia, Raúl, la tristeza que ahogaba su corazón y que le había convertido en un ser solitario. Apartado de todo. De todos. Pues en sus años mozos era alegre, extrovertido y muy querido por todos en la comarca. Pero aquello sucedió tantos años atrás que apenas lo rememoraba.

En sus nocturnas e incómodas caminatas, sobre todo en noches de hostil clima invernal, rumiaba en su interior sobre aquellos fugaces momentos que marcarían el resto de su desgraciada vida.

A veces se hallaba tan inmerso en sus abstracciones que no advertía la quemadura, del cigarrillo gastado, en sus dedos; requeteteñidos ya por ese veneno acumulado e impregnado por cientos de miles de esos tan eficaces representantes de la muerte y sustito permanente de la soledad.

Sobre aquella, su época dorada, recordaba en todo momento haber logrado ser alguien importante. Tener mucho éxito social. Alcanzó de modo sobresaliente todo objetivo imaginable al que cualquier hombre pueda aspirar. Mas estando en la cima de su carrera, un pensamiento lujurioso lo desvió de su destino, haciéndole caer en un profundo pozo del que nunca podría salir por resto de su vida.

Ocurrió todo rapidísimamente.

La causa: Una mujer.

Ella, mucho más joven. Aunque sentía admiración por él y un especial morbo que emanaba de su gran poder seductor. Esa capacidad adquirida típica del triunfador.

Él, a pesar de ser consciente de su impetuoso deseo de aventura, perdió la razón al extremo de no importarle quemar todo con tal de poder poseer a esa mujer.

Estrecharla entre sus brazos.

Hacerle el amor apasionadamente hasta el agotamiento total.

Lo decidió en el mismo instante de aquel día en que sus miradas se cruzaron. Mientras tomaba café en la terraza de alguna cafetería del sur de España. Andalucía. Se cuenta que en la costa Sur. La conocida como Costa Del Sol. En Málaga. Pero esas son meras especulaciones. Pudo haber sucedido igualmente en Cádiz, Granada, Almería e incluso Huelva. ¿Quién sabe dónde pudo haber sido?

Desde aquel instante su único objetivo fue conquistar y hacer suya aquella morena andaluza. De cuerpo aguitarrado. Rasgos agitanados, aunque no era gitana. Era sencillamente una bella andaluza morena. Como aquellas que retrataba el cordobés Julio Romero De Torres.

Casualmente criada en Castilla y muy conocedora de las costumbres castellanas. Incluso, sabía cómo preparar esas famosas alcachofas a la vinagreta tan populares por allá entre las gentes humildes.

Lucía linda cabellera de color castaño oscuro. Muy larga. Embaucadoramente le bailaba por la cintura mientras correteaba con la máxima coquetería que mujer alguna pueda desprender. Sus ojos, de color verde intenso, muy directos en su mirada y conquistadores a la vez que con femenino  gesto de reto, embriagaron todo su ser desde aquel primer día.

mujer andaluza
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Su nombre. Qué casualidad: Soledad.

Perdió la razón. Logró su objetivo. La conquistó. La sedujo. La amó tal como deseó. También se lo dio todo. Y ella, en tan sólo un par de años, lo abandonó por otro más joven y galán. Quedó destruido. Arruinado.

Esta parábola cierta noche mientras caminaba algo más encorvado de lo habitual llegó a su punto y final. Quizá por la tristeza. Quizá por el frío. Nunca se supo.

Con su inseparable colilla encendida y pegada, como de costumbre, a su mano derecha. La pizca más visible de su cuerpo. Siempre abrigado por su roída toga, aunque atravesando de modo invariable la espesa niebla de la noche.

Casualmente y por última vez  tropezó durante su definitivo paseo con aquel mejor amigo de la infancia, Raúl. El solo conocedor de su drama. Le comentó que ya había tomado una decisión respecto al pensamiento que durante tantos años embargó su mente y su espíritu.

Le reveló en voz baja. Casi ininteligible:

-Curiosa y extraña compañera del hombre esta tal Soledad. Unos la buscan y otros la evitan

Después de pronunciar aquellas palabras reinó un absoluto silencio.

Y Raúl, recorriendo todo su cuerpo un extraño escalofrío, sintió miedo. Aligeró su despedida después de darle muy amablemente las buenas noches a la vez que desaparecía en la oscuridad triste muy contrariado por el extraño comportamiento de su colega de toda la vida. No llegando a discernir del todo a qué dictamen se refería su apesadumbrado amigo.

Al poco rato de este fortuito encuentro, nuestro protagonista llevó a cabo su última actuación.

Nuestro enigmático, desconocido y angustiado personaje, con la misma calma con que caminaba en sus largos y oscuros paseos, al llegar a su casa sacó de un baúl una cuerda bien trenzada de cáñamo desde mucho tiempo atrás. Como si hubiese intuido que algún día haría uso de la misma. Se encaramó, a duras penas, en una silla casi tan decrépita y vieja como él.

Pasó un extremo de la misma por encima de una viga de robusto castaño traído, años atrás, de algún paraje lejano andaluz y que junto a otras desempeñaba la función de fuerte soporte del hogareño techo.

No le resultó difícil hacer un nudo preciso. En sus años de loca juventud fue lobo de mar. En su velero navegó por los océanos.

Aquel lazo marinero quizá fue el más perfecto que ensambló de entre los cientos de ajustados en su aventura navegante. Lo ciño certeramente alrededor de su flaco y arrugado cuello. Lo ajustó en el sitio exacto. Un verdugo diestro y experto no hubiese sido capaz de mejorar aquel suicida encargo.

Con el tacón de su bota izquierda apartó la silla de un certero y calculado movimiento. Dejándose caer.

Sería aquel y aterrador sonido: ¡Crack!, su proclama final. De ese modo expulsó para siempre su particular tormento.

Poco más puedo narrar. Los ancianos de la aldea todavía siguen sin entender. Tampoco se acuerdan de su nombre…

Saludos a todos y gracias por vuestro permanente apoyo.

julio d castro - galería cubanito cuentacuentos
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© julio d castro / el cubanito cuentacuentos